Sudado

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Cada vez que matan a un homosexual por el hecho de serlo aflora el viejo principio del reduccionismo, cómodo como un buen sillón de orejas. Lo usamos a diario, pero entonces es moneda de curso legal porque no lleva sangre adherida. Cuando la bala está entrando en la piel, justo antes de segar la vida, al gay le arrebatan su penúltimo derecho vigente: el de ser muchas más cosas que sólo un homosexual. Toda la baraja de una vida reducida a un solo as. De corazones.

En la película American Beauty el asesino resulta ser un gay que mata por su latencia. Así es como se salva del suicidio, aniquilando en otro el instinto desviado que en él se le antoja insoportable. Su condición sexual peculiar, cree, mancilla su ser completo; la de otros, los destruye fatalmente. Puro narcisismo. Encaja con las fotos que han recuperado del móvil de Omar Mateen en Orlando. En todas sale fotografiado por sí mismo. Los selfies de un selfish.

Sorprende que estos crímenes ocurran en sociedades tolerantes, unas donde el asesino podría pinchar el absceso de su culpa sin mancharse. Como no puede masacrarlas a todas, se ve obligado a elegir. Aparte el afán publicitario, ataca a quienes más firmemente sufren con el dolor de su traición. Supone matar al hermano con el que te vincula un pecado ominoso y del que te distingue, gracias a una acción acuñada en el cielo, tu clarividencia para detectar lo que se está haciendo necesario: en él, morir; en ti, morir matándolo. A veces, reza el dicho, es mejor tener paz que tener razón. Él logra ambas cosas. Echarle la culpa a su radicalización por internet es errar el tiro, desviar la atención. Le bastaba con mantener los ojos abiertos en un mundo que no recuerda lo que fueron las Cruzadas. Si tienen alguna duda al respecto, vayan a Turquía y pregunten a los refugiados, en su mayoría de credo islámico, por qué huyen.

Mateen, como todos los que sostienen con su vida rituales de muerte -incluido en su apellido- proclama el himno de la destrucción o el amor. A sí mismo. Vicente Aleixandre, otro homosexual que no lo fue abiertamente en la España de otro tiempo, dice en el poema Unidad en ella: “Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo, / quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente / que regando encerrada bellos miembros extremos / siente así los hermosos límites de la vida”. Ahora que he demostrado cómo un poema puede inspirar asesinatos masivos, neguemos sin sonrojarnos la misma capacidad para lograrlo de un vídeo-manifiesto del Daesh. Cuando Mateen veía a los suyos arrojando a homosexuales como él desde las azoteas y deseaba estar allí para hacer lo mismo, él no encarnaba en ese acto de fantasía el papel de ajusticiador, tampoco el de ajusticiado. Él era la fuerza de la gravedad.

Uno de los testigos del ataque, con el que Mateen se había relacionado a través de la aplicación de contactos Jack´d, se lo encontró el mismo día del atentado en el Pulse. “Pasó a mi lado, le dije: “Hey”. Se dio la vuelta y asintió con la cabeza”. Claro que asentía. Estaba a punto de ejecutar un acto de afirmación, el primero y más deslumbrante de su existencia aquí. “Siempre estaba enfadado, sudado, simplemente cabreado con el mundo”. Así lo describe un ex compañero de trabajo, uno de los ocho que tuvo en cuatro años. No solemos reparar en el tremendo esfuerzo que requiere odiarlo todo, a todos, a manos llenas. Más aún si te incluye a ti mismo. Y lo que pudo hacérselo más insoportable a Mateen es que una sociedad abierta como la de Florida decidiese, entre sus numerosas opciones, la de no condenarlo por su terrible mancha. Por eso el asesino acumuló dentro de sí el odio que, según su visión, les correspondería sentir a muchas personas por sí mismas. Es idéntico, partícula por partícula, al de todas las que decidieron no sentirlo por él.

Con su acto execrable logra por fin la condena unánime que buscaba. Descansa en la paz de los injustos, tan concurrida. Mientras escribo esto ya debe de haber llegado al paraíso que le prometieron. Lo imagino rodeado de huríes bellísimas, todas mujeres. Y sudando.

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Acerca de Rubén Diez Tocado

Narrador. Poeta. Bípedo. Omnívoro. Bloguero sobrevenido. Premio Tiflos de cuento por "Los viajes del prisionero" (finalista del Premio Setenil 2015). Premio Internacional Martín García Ramos de poesía por "La nada discontinua" (Ed. Difácil). Contacto: rubendieztocado@gmail.com
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