Follones

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El metro donde las Españas de Machado se guarecían durante la guerra sirve hoy para que dos pícaros sabatinos se magreen e interpenetren, ella a él con su perfume de magnolia salvaje y subterránea. Son dos topos del sexo oscuro a todo tren, groseros y naturales como sólo puede serlo la vida cuando es ella la que busca nuestros ojos y no a la inversa. Anda la autoridad escudriñando las identidades, esa cosa abstracta de los papeles, por ver si los empapela. Hay un vídeo probatorio, pero el vídeo no muestra lo más obsceno del teatrín: el rostro de los fogosos. Una cama, aunque sea improvisada como ésta, no es nada sin los ojos velados de la verdad carnal, sus iris de desacato. El porno y el amor se ceban en las pupilas, y es ese negro profundo y no el de los túneles del metro lo que nos falta aquí. Los agentes tienen el vídeo, sí, con localización, actores y hasta guión, pero no tienen historia.

De esta manera retoman la libido y los trenes su larga relación de traqueteos propiciatorios, su turbamulta urbana de carteles y sexo, sólo que esta vez en el andén tibio de una primavera recién llegada que nunca entrará en el metro, como no lo hicieron nunca las tormentas ni el mar; hablamos del metro, ese sitio donde se va, como en la serie House of Cards, a remachar asesinatos, y da igual, por lo visto, que lo que muera sea una persona que una inocencia. En el metro arden muchas cosas y la menor de ellas puede ser un vagón. Yo he visto bonzos de amor incrementando el estío a flor de piel, similares a estos barceloneses de los que hablo, y siempre me dio melancolía por los novios que sólo se besan en la cimera velocidad de entre estaciones para luego, de vuelta a la superficie, negarse el pan y la sal de una concordia.

Hay media ciudad ahí debajo y la plebe, oigan, tiene que hacer sus cosas. Pero es que el metro fue construido para deshumanizar la urbe a cambio de transportarla, le quitó la poesía para sumirla en un rosario de pasadizos donde las tardes mueren sin que el día haya llegado a comparecer. No está pidiendo que le hagan madrigales el metro, infierno de escaleras de los que inspiró a Escher, y por el que corren, corremos como hormigas sin gónadas ni risa, robóticas y oscuras. Por eso en el metro ofende lo que no lo haría en un parque, o no tanto.

El metro no tiene baños porque su usuario ideal es un sujeto hecho de nada vertida sobre sí misma, que se mira en la máquina expendedora y deja escapar un ay flojillo y con dengue, sin manchar nada. Piensen, por otro lado, que hay un tipo de persona cabal y adusta, que una tarde de domingo, cuando el metro transporta brisas, cines, teatros clausurados, se paga su billete con parsimonia, desciende hasta el andén y discreto, sin alharacas, da dos pasos en la tiniebla por ver si se acerca el tren, y que cuando ve su rayo de luz anunciatorio, como si Dios le hablase, aguarda al momento justo en que la máquina irrumpe para dejarse caer a las vías y poder ver la muerte muy de cerca. También eso nos lo da el metro, la flor macilenta de los suicidas, hartos de tanta vida a medias como les da la urbe.

El metro como habitáculo honroso de las pasiones nos recuerda lo rompedor que puede ser un sótano, sobre todo si es vaticano y lo escribe André Gide. La policía no opina lo mismo y seguirá con su pesquisa. Que la denuncia de una ciudadana no caiga en saco roto. Debió de pensar que eran terroristas, pero lo único que explotó fue una camaradería ardiente entre viajeros que han de volar, poéticos, por el cielo cerrado de las profundidades. Qué matraca como cojan a los tortolos, y qué pesantez, y cuánta alegría ciudadana con los follones. Esto nos pasa por no tener gobierno, que del gobierno se acaban apropiando las máquinas. Un follón. Ahora que todo es ordenata, ipad y antiludismo del esmarfon, va y viene esta pareja de catalanes del foc y el xaloc para cantar el himno subterráneo de la ciudad en llamas. Y recordarnos que puede haber vida debajo de la tierra,  descerrajando nichos, estertores.

 

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Acerca de Rubén Diez Tocado

Narrador. Poeta. Bípedo. Omnívoro. Bloguero sobrevenido. Premio Tiflos de cuento por "Los viajes del prisionero" (finalista del Premio Setenil 2015). Premio Internacional Martín García Ramos de poesía por "La nada discontinua" (Ed. Difácil). Contacto: rubendieztocado@gmail.com
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4 respuestas a Follones

  1. Alberto Martin del Campo dijo:

    Rubén, impresionante. Menos mal que no eras un poeta urbano… Esto sí que es poesía urbana, y no me refiero al acto en sí sino a tu artículo.

    Un abrazo,

    Alberto.

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  2. Alejandro dijo:

    Genial, como siempre. En este mundo del lenguaje cada vez más limitado y estrecho, tú utilizas tantas palabras, tan bonitas, tan con sentido que hasta parece que las oímos todos los días. Es un placer leerte, amigo.

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